Una risa ruidosa, fingida
aparatosa,
retumba sin eco y con dolor.
Ella mira a su alrededor para saber
si la gente decente la escucha,
para que la crea feliz.
Después un silencio tramposo,
desalmado.
La risa de la desesperanza
de la mentira,
de la locura.
Y se aleja con los ojos muertos
entrovertida
hacia su destino,
hacia su hogar sin gracia.
Sin dejar huellas
como los duendes suelen hacer
en las noches sin estrellas.
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